Descubriendo los vinos de Madrid: San Martín de Valdeiglesias y Villa del Prado

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Después de descubrir la cara más vinícola de Navalcarnero, nos desplazamos a otra de las subzonas de se encuadran dentro de la D.O. Vinos de Madrid, la de San Martín de Valdeiglesias. Y arrancamos la ruta, precisamente, en la localidad homónima, que en su día fue un importante cruce de caminos entre Madrid, Ávila, Segovia y Toledo. Por aquí pasaba el trazado que iba al reino de Extremadura y a Portugal, lo que posibilitó que la fama de sus vinos se extendiera y quedara reflejada en la literatura de la época.

Cogemos la carretera y subimos, alejándonos de la población, hasta llegar a Las Moradas de San Martín, una bodega con una bonita historia. “El nuestro es proyecto romántico, de recuperación de uvas autóctonas, de ser lo más honestos posibles”, nos cuenta su enóloga, Isabel Galindo. “Estuvimos seis años buscando el terroir perfecto, el lugar que diera la uva mejor”. Y lo encentraron aquí, un punto donde la garnacha está muy bien adaptada, crece poquito y es de gran calidad: “La maduraciones son muy completas y se pueden hacer vinos de envejecimiento, que es muy difícil con esta variedad”.

Precisamente el envejecimiento es lo que arroja la mayor personalidad al proyecto de Las Moradas de San Martín, que tiene cinco referencias en el mercado: La Sabina, Senda, Las Luces, Initio y Albillo Real, un blanco que elaboran con esta variedad, también autóctona. Todos ellos son de producción ecológica y no solo en cuanto al tratamiento en viñedo, también en bodega. “Buscamos una materia prima excelente, que esté equilibrada, que no necesite de nada”, comenta Isabel. “No filtramos, no clarificamos, dejamos que el tiempo vaya haciendo su trabajo de forma natural”.

Vendimia manual en cajas, mesa de selección, elaboraciones tradicionales, máximo respeto sin aditivos… ¿El resultado? Vinos muy gastronómicos, con mucha boca, incluso el blanco, que ofrece “bastante estructura, es muy envolvente y tiene un final amargo que invita a un nuevo trago”. Los tintos, por su parte, también tienen presencia, son elegantes y con un final de boca muy largo. Son vinos “marcados por el terreno, que se caracterizan por ser vinos de guarda”. Claro que eso no implica que sean mejores, como bien nos explica Isabel, “es importante saber cuál es la vocación de cada uva, hay jóvenes excelentes”.

Bajo este proyecto de absoluto respeto también se desarrollan actividades abiertas al público, desde talleres de poda o de vendimia a rutas de senderismo con paso por viñedo. De ellas se encargan Isabel y Alejandro, su segundo de a bordo, quienes ofrecen interesantes visitas de gran componente didáctico, sencillo y ameno.

¿Qué ver y dónde comer en San Martín de Valdeiglesias?

De vuelta al municipio, los reclamos turísticos continúan. Como ‘valle de las iglesias’ que es, destacar que cuenta con hasta seis ermitas en pie (de las 13 que se llegaron a registrar), desde la del Ecce- Homo, la más urbana y levantada en el siglo XV, hasta la de la Sangre, de grandes contrafuertes. Por supuesto, también la iglesia de San Martín, de siglo XVII, con su bonita plazuela frontal, que, junto con el Castillo de la Coracera, representa la parte más significativa del patrimonio histórico de la localidad. Una construcción defensiva del siglo XV, con un hermoso patio de armas y que conserva su bodega original, con sus tinajas para la guarda del vino.

Del San Martín a Villa del Prado

Seguimos esta ruta con alma de vino por la Comunidad de Madrid. Y llegamos a Villa del Prado, a 20 minutos de San Martín de Valdeiglesias. El paraje a la entrada se salpica de viñedos y anuncia la importancia de este sector para el municipio, que cuenta con unas 1.000 hectáreas en producción. Sostenidas gracias a la labor de su cooperativa, Virgen de la Poveda, formada por cerca de 200 socios. “Somos de las pocas cooperativas que quedamos en Madrid. Concretamente en Villa del Prado hacemos posible que se mantenga todo este campo en producción, que veas viñedo, vida, que se conserve el paisaje que nos caracteriza”, nos cuenta José Antonio Herrero, presidente, a propósito de la importancia de las cooperativas.

Nos reciben grandes instalaciones, donde se adivina una frenética actividad en época de vendimia. En el interior, galerías de depósitos que mantienen viva la historia de esta bodega, que lleva en funcionamiento desde 1963, y pequeña zona de barricas, para acabar de afinar los robles y crianzas. Las recorremos con Víctor Yanguas, enólogo, quien nos dirige por todo el proceso y nos asegura que, como con el cerdo, “de la uva se aprovecha todo”.

Cepas de más de 50 años en gran parte del viñedo, un 70% de superficie dedicada a la garnacha y hasta 13 referencias en vinos (9 de ellos enmarcados en la D.O. Vinos de Madrid) son algunos de los datos de este proyecto. Una gran selección que descubrimos, paso a paso, de la mano de José Antonio. El Cantorral es el vino con el que empezó la cooperativa, 100% garnacha -tinto, rosado y blanco- muy demandado por el público local: “Lo producimos desde hace más de 50 años y lo hemos seguido manteniendo porque forma parte de nuestra historia”. Dentro de esta marca también elaboran un rosado espacial, único en la Comunidad, “que tiene la peculiaridad de estar envejecido en barrica de roble. No deja indiferente, en nariz parece dulce y en boca es recuerda a cognac”.

Ya dentro de la D.O. encontramos el multivarietal tinto, parellada blanco y garnacha rosado, bajo el sello Aceña. Un nombre que acoge, también, algunas de las botellas de más éxito de Virgen de la Poveda: “Hace unos años quisimos acceder a un mercado diferente y lanzamos el rosado Aceña Semidulce. El primero salió 2013 y fue reconocido como el mejor rosado de la Comunidad de Madrid. Frío entra de maravilla, es un vino moderno, diferente. Resultó tan bien que sacamos la misma gama en blanco y tinto. El primero se elabora con parellada y moscatel ruso, que le da ese toque de dulzor. Son vinos muy frescos, muy agradables. El rosado, en 2017, volvió a ser reconocido como el mejor de la Comunidad”.

La guarda y la madera se reserva para dos referencias de costura clásica: Alfamín Crianza y Alfamín Joven Roble, 100% syrah. Y la innovación para Olivita Pérez, “nuestra última gran apuesta”, como apunta José Antonio. “Un garnacha con perspectiva de futuro, más gastronómico. Una explosión de sabores, olores…”. Se encontraron con un depósito espectacular y decidieron atreverse con algo diferente que “combinara historia, futuro, tradición… y garnacha, que está de moda”. Su preciosa etiqueta es ya toda una declaración de intenciones, con una ilustración que viene a contar una historia, la de Olivita Pérez. “Preguntamos a los ancianos cuál era el viñedo más antiguo y casi todos coincidían en que era el de Lucía Pérez” quien, de pequeña, comía con su padre bajo el único olivo de su finca. La única sombra, un respiro en pleno viñedo, un homenaje a quienes trabajaron y trabajan el paisaje de Villa del Prado.

¿Qué ver y dónde comer en Villa del Prado?

Seguimos con el vino como excusa y bajamos a los cimientos del Centro Cultural Pedro de Tolosa, donde podrás disfrutar de una muestra con antiguos apeos de labranza y adentrarte en una cueva con grandes tinajas de barro, donde se conservaba el vino a modo de bodega. Este espacio está al lado de la iglesia de Santiago Apostol, que, por supuesto, merece una parada. Del gótico tardío, destacables son su retablo de estilo barroco y el órgano del coro, uno de los mejor conservados de la Comunidad de Madrid.

Muy cerquita también está el ayuntamiento, del que llama la atención su balconada castellana, que, como el resto del conjunto, data del siglo XVI. El edificio mira a la Plaza Mayor, donde se concentra gran parte de la actividad de locales y visitantes, que paran a tomar un vino y unas tapas a su abrigo, por ejemplo, en el Bar España. Para los que busquen mesa y mantel, recomendable es el Extremeño, restaurante con estupendos asados, como el cabrito, y carnes de ganadería propia.

Por último, no se puede descuidar el reclamo natural de Villa del Prado, con varias zonas de interés. La Vega del Alberche, el punto más bajo sobre el nivel del mar de Madrid, con bosque mediterráneo o dehesas de encinas centenarias, o el Gurugú, Parque Natural desde donde asomarse a unas espectaculares vistas del casco urbano.

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